Supongamos una operación de compraventa de una empresa: due diligence, reuniones con el cliente, negociaciones con la otra parte, carta de intenciones, acuerdos de confidencialidad, versiones y versiones del contrato privado, ejecución de la operación, trámites registrales… y así un sinfín de horas facturables para el despacho encargado de llevarla a buen término.
A más complejidad, más horas facturables y, por tanto, mayor beneficio para el despacho y mayor rentabilidad de la operación para la firma. ¿Cliente satisfecho?
Así ha funcionado el sector de «cuello blanco» de la abogacía y el corporate durante muchos años, y así tenía sentido que funcionara. Al fin y al cabo, la mayor parte de los recursos empleados han sido materia gris forjada en grandes universidades, prestigiosas escuelas de negocio y grandes despachos, que gracias a la experiencia siempre han aportado un plus de garantía y seguridad en operaciones complejas donde hay mucho en juego.
Ahora bien, si el modelo de estas firmas se basa en horas facturadas, ¿cómo acogerán las soluciones que les permitan reducir el número de horas empleadas en, por ejemplo, la revisión de un contrato o una due diligence? Si en lugar de facturar 20 horas puedo facturar 3, ¿cómo afecta esto a mis resultados? ¿Qué hago con una plantilla repleta de primeros espadas cuyo trabajo puede ser realizado, en parte, por un ordenador o por el propio cliente?
Una respuesta cortoplacista y con poca visión estratégica sería pensar que la inteligencia artificial está muy bien para otros sectores pero que no va a afectar al legal. Que el componente humano de análisis, redacción y revisión de un trabajo —desde un informe hasta una demanda, pasando por un contrato— seguirá siendo igual de esencial. A quien piense así hay que decirle que, efectivamente, la IA y las soluciones de automatización no van a afectar al sector legal: porque YA han llegado, YA empiezan a utilizarse y YA afectan.
Es posible que un abogado que lea esto piense que los cambios no llegan tan deprisa. Puede ser. Pero eche la vista atrás: hace relativamente poco Internet no tenía tanta importancia en los comportamientos de compra, en la interacción, en la educación, en la prensa o en los contenidos multimedia. ¿Cuántas discográficas llegaron tarde a la revolución del modelo de negocio musical? ¿Cuántas agencias de viaje pensaron que el cliente siempre preferiría su atención personalizada? ¿Cuántos comercios de barrio se dijeron cada mañana, antes de cerrar la persiana definitivamente, que la gente no compraría por Internet la ropa que ellos venían con tanto cariño? Y así taxistas, profesores, traductores. Y dentro de poco autoescuelas, carpinteros, cajeros de supermercado…
Y ahora piense: ¿qué habría pasado si esas empresas o profesionales se hubieran dado cuenta a tiempo del cambio que estaba por llegar? Algunos se habrían adaptado. Otros habrían caído igual, presos de la ley del más fuerte, pero al menos no les habría tomado por sorpresa y habrían podido reaccionar.
Volviendo a los abogados, algo grande está por llegar:
- El modelo de facturación por horas tiene cada vez menos sentido, y de hecho ya hay compañías que prestan servicios jurídicos bajo otro tipo de modelo, cada vez más demandado por los clientes.
- Las soluciones de automatización y personalización de documentos son cada vez más numerosas y utilizadas tanto por profesionales como por clientes finales.
- Los sistemas de inteligencia artificial para análisis de datos y propuesta de soluciones evolucionan a una velocidad endiablada.
- Un gran salto tecnológico vendrá de la mano del blockchain aplicado a las transacciones. Los smart contracts pueden estar todavía en pañales, pero todo largo camino tiene un comienzo.
- Los hábitos de consulta, búsqueda, contratación y consumo de los usuarios de servicios legales han cambiado. En Estados Unidos, por ejemplo, el despacho más reconocido opera solo online.
Y así un sinfín de novedades tecnológicas que plantean, cuando menos, un futuro diferente. Un nuevo modelo de aproximación a los problemas de los clientes.
¿Quiere esto decir que está en riesgo la profesión del abogado? No. Aunque pudiera parecerlo, no son estas reflexiones catastrofistas. Estos cambios representan una gran oportunidad para cambiar la forma en que el abogado —tanto de empresas como de particulares— ayuda a la sociedad y al individuo.
Simplemente hay que tomar conciencia de que todos debemos adaptarnos. La tecnología no es nuestro enemigo: es una herramienta más que debemos convertir en aliada. Las nuevas generaciones de juristas deberían formarse en el uso de tecnologías, en la elaboración de smart contracts y en la optimización de procesos de búsqueda. Nuevas profesiones están por llegar; otras caerán.
En mano de cada uno de nosotros está ser protagonistas del cambio o meros espectadores que un buen día se dan cuenta de que el tren ha pasado. No será porque no han sido advertidos.